#amistad #confinamiento #equipos #descubrir #recetas #nostalgia
¡Qué sí! ¡que es verdad! ¡que tenéis razón! que esta pandemia, este mal , nos ha alejado físicamente y mucho...
Y es cierto: ¡la harina y la levadura desaparecieron de los estantes de las tiendas de alimentación (y otros productos siguieron el mismo camino)!
Y también es cierto que, cuando parecía que el esfuerzo hecho nos devolvería una parte de nuestra vida, que podríamos reanudar nuestra vida cotidiana, va y... ¡patapam! ¡De nuevo en casa!
Es cierto: eso cansa, lo sé. Estamos agotados, estos meses empiezan a pasar factura psicológica y una sensación de desazón, de no saber qué esperar, oscurece nuestras almas. Somos animales sociales y necesitamos el contacto con los otros de la misma manera que necesitamos comer, pero el COVID nos ha obligado a mantener una distancia nunca no deseada.
¡Benditas las tecnologías de que disponemos y que nos ha ayudado a mantenernos en contacto! ¡A hablar, a conectar, a reír, a compartir momentos! En este mundo digital en que hemos vivido y trabajado y donde tendremos que seguir durante un tiempo, nos hemos ido encontrando y reencontrando.
Seguramente, llegados a este punto, estáis pensando: ¿hoy nos explicará alguna cosa que no sepamos ya? No perdamos el tiempo y comprobemos si soy capaz de hacerlo.
Dentro de toda esta negatividad también hay muchas cosas positivas: hemos demostrado que somos resilientes, nos hemos reinventado, nos hemos convertido en expertos digitales...
Nunca en nuestra historia reciente habíamos hecho tanto pan y pasteles en casa... Y hemos puesto orden en los cajones y armarios, y, en este afán de orden, han aparecido pequeños tesoros escondidos; sí, tesoros...
Y lo digo porque yo los he encontrado. No, no han sido monedas de oro, no es el caso, pero sí que he encontrado antiguos cuadernos de recetas de la abuela. Aquellos cuadernos que ya están amarillos, que casi se deshacen cuando tocas las hojas, que te transportan a otras épocas y espacios.
Cierro los ojos mientras los toco y, al abrirlos, veo a una niña (la abuela) que aprende a cocinar escudriñando como cocina su madre. Y, si vuelvo a parpadear, aparece otra escena: mi abuela, ahora joven y guapísima, escribe en los mismos cuadernos, que he encontrado, las recetas que su propia yaya, sentada en la mecedora de la sala, le dicta con una voz suave.
Hace años que tengo este recetario reencontrado; pero ha sido ahora, que vuelve en mis manos, cuando he descubierto recetas a las cuales nunca había prestado atención, como “Arrope Manchego” o las “Fritillas”, recetas que destilan amor, que obligan a parar, a abrir un paréntesis en nuestro “corre, corre” diario para dedicar un tiempo a rodearnos de olores y sabores de siempre.
Y esta sensación de reencontrarme con tesoros, de tratar con amor aquello nuestro, de la necesidad de prestar atención a lo que tengo cerca, de mimar lo que me hace recordar momentos vividos... esta sensación es la que he tenido en muchas ocasiones durante este confinamiento...
Sí, decidme afortunada. ¡Lo soy!
De la misma manera que me he reencontrado con recuerdos y he descubierto nuevas recetas, me he visto obligada a mantener una lejanía física con los demás.
Pero he hecho grandes descubrimientos, he podido conocer de otra manera personas que únicamente veía como compañeros o compañeras. Y puedo decir, llena de orgullo, que salgo de estos meses de confinamiento con más amigos y amigas que antes.
He descubierto en una compañera, que ha vivido el confinamiento lejos, a una amiga que me ha escuchado y con quien he compartido ratos de trabajo y de confidencias.
He encontrado a una colega que no tiene precio como persona y que, después de compartir juntas una situación complicada, me sigue llamando desde Gerona para saber cómo me encuentro.
Me he sentido escuchada, animada y apoyada por un compañero al cual tengo el honor de poder llamar ahora amigo mío, y cinéfilo y gran escritor, por cierto.
He visto como una relación puramente profesional, se transforma, gracias a pequeñas conversaciones que conectan las almas, y sin saber como ni por qué, en una preciosa amistad.
Y podría seguir y seguir... Sí, ya os lo he dicho: ¡soy afortunada!
Porque, cuando escuchas de manera activa y cuando la otra parte hace lo mismo, suceden cosas preciosas que no nos podemos perder. Cuando el calor de un abrazo lo haces y lo recibes con la mirada, se producen conexiones. Cuando entiendes que, si dedicas diez minutos a conocer a la otra persona, no pierdes el tiempo, sino que lo ganas, descubres personas que suman.
Y es la misma emoción que yo noté al reencontrar mi tesoro en forma de recetas de la abuela.
¿Qué habéis descubierto vosotros? ¿o, mejor, a quién habéis descubierto vosotros?
Os comparto dos de las recetas que forman parte de mi tesoro, esperando reencontraros:
“Arrope manchego”
Es una forma tradicional de hacer dulce sin azúcar.
Ingredientes:
• Agua de cal
• Calabaza, melocotón o melón
• Mosto
En agua de cal ponemos trozos de calabaza (también pueden ser de melocotón o melón); después de aproximadamente tres horas los sacamos, los lavamos bien y los reservamos.
Ponemos el mosto a cocer hasta que espese, cuando eso suceda añadimos la calabaza que tenemos reservada y la dejamos hervir hasta que su textura sea similar a la de un almíbar, momento en que lo apartamos y, cuando se enfríe, ya estará listo para tomar.
“Fritillas”
Ingredientes
• 2 vasos de agua tibia
• 1 nuevo de levadura prensada (levadura del horno de pan)
• Sal gruesa, al gusto
2 cucharadas de aceite de oliva
• Harina (la que admita)
• Aceite para freír (yo acostumbro a utilizar aceite de oliva suave)
• Azúcar glace
En primer lugar disolvemos la levadura en el agua tibia y añadimos al bol donde haremos la masa de las fritillas.
Vamos añadiendo harina de trigo progresivamente, toda la que vemos que admite esta cantidad de agua. Tiene que quedar una masa que no se enganche a las manos, pero sí un poco más pegajosa que la de la pizza. Finalmente, añadimos un poquito de sal gruesa; eso dará un toque muy bueno a la hora de comida.
Una vez tengamos una masa homogénea la tapamos con un trapo limpio y la dejamos fermentar en un lugar cálido; mientras más repose, mejor.
Cuando ya esté fermentada la masa se procede a freír las fritillas.
Ponemos una sartén pequeña al fuego con bastante aceite para freír.
Vamos añadiendo una en una las fritillas en la sartén de una en una para que el aceite no se enfríe mucho. El aceite conviene que siempre esté a un alta temperatura, para que sea vuelta y vuelta
Conforme vamos friendo fritillas las vamos poniendo sobre una bandeja, si queréis con papel absorbente, y cuando ya las tengamos todas las podemos empolvar con azúcar glace, si os gusta, y acompañarlas con un buen chocolate a la taza.

Comentarios
Publicar un comentario